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En dónde se comienza a pensar acerca de la relación hija adulta y madre vieja y cómo se ve reflejada en el espejo roto del neoliberalismo.

10/06/2015 Sin categoría

Lic. en Psicología María del Verdum Domínguez.

Si bien la frase del acápite nos recuerda que nada es novedoso, que todo consiste en una modificación sobre lo mismo, creo que la globalización neoliberal nos impone un tratamiento con matices más agresivos en el desarrollo de esta propuesta, a la vez que le agrega componentes competitivos e individualistas, y concomitantemente, la no aceptación de la vejez.

Somos madres de nuestras propias madres. ¿En qué etapa de la vida sucede si es que acontece? ¿Cuál es el comportamiento? ¿Es el amor filial? ¿Pasamos facturas atrasadas? O quizás devolvemos todo el amor y cuidado que nos dieron, si ello hubiere ocurrido. O tal vez pagamos con ingratitud y desamor, tendríamos que averiguar cuales son los resortes internos que nos conducen a este proceder.

La identidad es una construcción social, que se va conformando desde nuestro nacimiento a través del padre y la madre, siendo ésta creo que la figura más relevante ya sea que esté presente o ausente. En esa espiral vamos introyectando el prototipo estereotipado que establece la cultura, en este ser mujer, y qué es lo que se espera de esta mujer con respecto a su madre.

¿Qué sucede en una mujer madura que ve en esa madre vieja el reflejo como en un espejo de su futura vejez?, caramba!! ¿Será posible qué yo me convierta en esta vieja de mierda o tal vez en esta dulce anciana insoportable?
La vejez da tanto miedo, y cuando estamos conviviendo con ella mucho más, desde los olvidos llamados benignos, como la pérdida de los objetos cotidianos hasta las patologías más severas.

Esta madre que no quiere envejecer, a pesar de que el transcurso del tiempo es inexorable, nosotras tampoco queremos que envejezca, porque muchas veces pasa a ser una caricatura muy cruel de lo que fue, el tiempo es incertidumbre y espera.

Se produce una contradicción ya que no nos importarían los años si ellos no se tradujeran en arrugas y en pérdidas vitales, y ahí nos invade la nostalgia de manera perversa, en ese quedar pegados a lo que fue, a lo que fuimos, a lo que seremos.

Esta sociedad capitalista, le teme a la vejez e intenta esconderla en los geriátricos, la tapa con cremas, cirugías y aeróbicos, como queriendo demostrar que sino la vemos no existe.

Hasta donde está delimitado nuestro destino con esa madre que con un soplo de amor nos quiso hacer a su semejanza, hasta donde se realizarán sus deseos en nosotras, hasta donde lo permitiremos, hasta donde estaremos sujetados a los deseos y vaticinios maternos. Hasta que punto fuimos moldeados-modelados cual arcilla, hasta dónde podemos des-construir lo construido.

Durante mucho tiempo la menopausia ha sido demonizada como el ocaso de la feminidad, en lugar de pensarla como la liberación o el poder tirar la chancleta y divertirse; ¿Qué sucede entonces con está madre e hija que atraviesan una la pre y la otra la post? Una temiendo dejar de sentir y la otra que teme sentir.

Una mujer vieja no tiene derecho ni al goce ni al deseo sexual, este es uno de los tantos prejuicios que nos atraviesan culturalmente.

Somos mujeres castradas y a la vez castradoras, ¿qué es lo que nos dejaron de herencia las frustraciones interiorizadas al conformarse nuestra identidad? Y si esto es así, ¿qué nos ha generado? Cuánta bronca reprimida por décadas y décadas, cuánta insatisfacción y frustración y a la vez cómo se refleja esto en el vínculo con nuestra madre y por otra parte, cómo se refleja en nuestra madre con respecto a nosotras, que podemos haber logrado cosas que ella secretamente anheló y cuantas aspiraciones resignó creyendo que era lo mejor.

Como seres humanos conflictivos, ambivalentes, siempre tras una decisión, tras una resignación, nos queda algo oculto, tal vez sea el hambre de vínculo.
La relación simbiótica que se da entre algunas madres e hijas y que perdura a través de los años, eso me lleva a pensar cuándo se realiza el corte del cordón umbilical en esa díada, y me atrevería a decir que en muchos casos: nunca.

Ahora cuando se da la ruptura-separación entre ambas, si entendemos que las mujeres nos identificamos por lo general con nuestra madre, entonces, hasta donde sigue a través de la misma cual hilo de Ariadna guiándonos consciente e inconscientemente en el laberinto de la vida, cuántas veces no queremos parecernos a nuestras madres y cuanto más empeño ponemos, más nos parecemos; a la vez cuanto orgullo sentimos al parecernos a ella, modelo de feminidad y sus respectivos fantasmas.
Madre cuestionada y descartada, por la necesidad de la hija de conquistar la autonomía que siente amenazada en este vínculo, que a la vez mantiene el estereotipo de su modelo subjetivo.

Si pensamos sobre la relación de la niña con la madre naufraga según Freud en un mar de hostilidad, en reproches, en odio porque no tiene un pene, de este sentimiento queda un resto y podríamos afirmar que es para siempre. En la 33ª de Las Nuevas conferencias con respecto al superyo femenino dice: “El hecho de que sea preciso atribuir a la mujer escaso sentido de justicia tiene íntima relación con el predominio de la envidia en la vida anímica, pues el reclamo de justicia es un procesamiento de la envidia, indica la condición bajo la cual uno puede desistir de esta.”

Ahora bien, el padre de la psicología en las metáforas que seleccionó para hablar del rol del analista fueron masculinas, como ser actitud de cirujano, calma e impersonalidad, o la de un espejo, prescindente y reflejar sólo lo que el otro proyecta, hoy podemos pensar a un Freud sin caer en anacronismos, que no pudo con el mundo femenino, él reconocía el involucramiento pero, pensaba en la posibilidad de un conocimiento objetivo y científico, y para eso se necesita objetividad, contrastación y comprobación (siendo una concepción bastante positivista de la ciencia, que sucumbió en la estructura de las revoluciones científicas de T. S. Khun).

Indudablemente todo pasa por nuestros ojos, nuestra mirada, subjetiva y muchas veces contradictoria, si las mujeres tenemos/tuvimos envidia del pene, es porque vivimos en un mundo falocéntrico, también el psicoanálisis es androcéntrico y responde a una ideología dominante, envidia simbólica del poder masculino, a lo cual no podemos escapar excepto que ignoremos la realidad.

Siguiendo a Emilce Dio Bleichmar en Tensiones entre el psicoanálisis y el feminismo: sus razones: El alejamiento de la madre en la teoría de separación-individuación se trata de otro modelo androcéntrico, ya que el varón se hace hombre rechazando a la mujer-madre, rechazando en definitiva la dependencia amorosa, en el caso de la mujer este rechazo materno desconoce la necesidad de conservar y recrear el vínculo, y conduce a un conflicto insoluble y a la confusión en la configuración de su propia feminidad.

Es este concepto de conflicto dado anteriormente donde podríamos como comenzar a pensar las dificultades en el vínculo madre-hija, a partir de este punto entre otros que irán apareciendo en el proceso, se podrían ir planteando hipótesis, la herida narcisista de una separación, pérdida y duelo, que está marcada socialmente como “lo esperado”, condicionada e impuesta.

El vinculo que se desarrolla en el inconsciente remite a un vínculo primario, un entramado que es a la vez instituido e instituyente.
Indagar como el conocimiento que existe sobre el vínculo a investigar contribuye a conformar la identidad del mismo a través de la subjetivación. Eso va a llevar a profundizar y contrastar ideas entre terapeutas y así como con cuestionarios a legos, siendo esta una investigación de suma importancia ya que es el origen de mucho sufrimiento, angustia y culpa.

Siendo el ideal del yo una instancia psíquica heredero del narcisismo primario, instancia de aspiración, diferenciada del superyó, que es una instancia de prohibición. El yo ideal siempre será el núcleo básico del ideal del yo y al que siempre se desea regresar.

Cuando el superyó es arcaico nos obliga a desempeñar de manera exagerada actividades de cuidado a otros, sin producir ningún placer y generando sentimientos de culpa y si a esto le agregamos un ideal del yo también primitivo que no tolera ninguna imperfección, ningún alejamiento de la idealización.

Cuando el ideal del yo es maduro implica la integración con los requisitos de la realidad, siendo que la satisfacción no sería algo imposible de realizar.

El apego madre-hija parece ser un vínculo tan poderoso que determinaría conductas desde el nacimiento, las conductas que son reforzadas, persisten, y las que no, van desapareciendo.

Siguiendo a Hugo Bleichmar: “En ocasiones, el objeto del apego es aquel que permite obtener un sentimiento de seguridad –autoconservación-, como se constata en la relación del fóbico con su acompañante…….el objeto del apego puede ser el que contribuye a la regulación psíquica del sujeto, a disminuir su angustia, a organizar su mente, a contrarrestar la angustia de fragmentación a proveer un sentimiento de vitalidad, de entusiasmo……el objeto de apego puede ser, también, y de manera prevalerte, el que sostenga la autoestima del sujeto, aquel con el cual fusionarse para adquirir un sentimiento de valía”.

¿Cómo afecta en la edad adulta este apego primigenio? Indudablemente hay mucha bibliografía sobre el tema, pero, quisiera enfocar más a cuando este apego perdura a través de los años no permitiendo la individuación – indiferenciación, como quedando pegadas una a la otra, pensando en el vínculo que tiene ligaduras de carácter inconsciente.
Estamos en una sociedad machista, modelo patriarcal, siendo la madre la encargada de introducirnos en la sociedad, en la vida, incluso después de que somos “grandes” sigue siendo portavoz de los valores dominantes, y en ocasiones, en contra de ella misma, de su género, de su pensar, muchas veces contradiciéndose, con dobles discursos y eso indudablemente va a tener una importancia fundamental en la relación madre-hija, así como en la construcción de nuestra subjetividad.

Mujeres todas diferentes, unas de colores, otras grises, feministas, independientes, oprimidas, emancipadas, modernas, pero, todas ellas vulnerables a la ideología dominante, la identidad femenina está marcada por la cultura.

Según Ana Távora Rivero en “Pensando los conflictos y la salud mental de las mujeres”: la importancia que tiene el miedo a descubrir nuestros propios deseos de sumisión, “el descubrimiento de estos aspectos implícitos nos produciría el dolor que en muchas ocasiones acompaña la experiencia de saber en profundidad. No podemos olvidar que este malestar se va transformando en satisfacción ante la posibilidad de aprender otras formas de vincularte, mientras que la negación te mantiene de forma inamovible en el lugar del dominado”.

Y qué sucede en este vínculo, cuando nuestra madre nos ha inculcado la sumisión, y a la vez ha sido una mujer independiente, cuando nos ha enseñado a esperar pacientemente al príncipe azul, y descubrimos que ese príncipe sólo existió en los cuentos de hadas, valores internalizados y que generan culpa y ésta a la vez genera mucha bronca, eso que lo sentimos más fuerte que nuestro razonamiento.

El comienzo de esta investigación nos va a llevar por un camino que se va a ir tejiendo de complejos vínculos que tienen sueños, vivencias diferentes, fantasías inconscientes, el destino es incierto ya que se abrirán multiplicidad de caminos para seguir pensando y reflexionando, para poder palpar sentimientos escondidos, que nos llevaran al enriqueciendo en su aprendizaje.

Para terminar quisiera recalcar que la debilidad y fortaleza de este emprendimiento va a ser la implicación, lo que significa todo un desafío al intentar ser objetiva sabiéndome tan subjetiva por todas mis vivencias conscientes e inconscientes al respecto.

Bibliografía consultada
1. Bleichmar, Hugo, Del apego al deseo de intimidad: las angustias del desencuentro, Internet
2. Boeree, C. George, Carl Jung, Internet
3. Caruncho, Cristina & Mayobre, Purificación, El problema de la identidad femenina y los nuevos mitos, Ed. Tórculo. Santiago de Compostela, 1998
4. Dio Bleichmar, Emilce, La sexualidad femenina de la Niña a la mujer, Barcelona, Paidós, 1997
5. Freud, Sigmund, Obras completas, vol. XXII, Amorrortu editores, Argentina, 1992
6. Millar, Jacques-Alain, Psicoanálisis y sociedad. Internet, traducción de Margarita Alvarez
7. Rosolato, Guy, Un estudio psicoanalítico sobre la actualidad del sacrificio, Internet
8. Sau, Victoria, Ser mujer: El fin de una imagen tradicional. Icaria, Barcelona, 1986
9. Távora Rivero, Ana, Pensando sobre los conflictos y la salud mental de las mujeres. Internet
10. Wikipedia, Baba Yaga, la enciclopedia libre de Internet